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Automatizar la educacion

Automatizar la enseñanza, no la educación.

Puedes encontrar en Google aquellos datos que no hemos memorizado o los procesos que nadie nos ha contado. Los que necesitas para un momento dado, para un objetivo concreto o referencias para una reflexión más profunda. Un dato concreto, un cómo se hace, un cómo llegar. Quién es quién, quién fue quién, cuándo pasó qué. Datos, muchos datos. Contenidos editado, sin filtrar, de expertos y de amateurs. De gente que sabe más que tú y personas que están aprendiendo también a tu mismo nivel. Usuarios a quien preguntar, con quien compartir, a quien contestar.

Tan es así, que apenas tiene sentido la figura del profesor que da contenido, que establece las preguntas y facilita las respuestas. Un conferenciante, profesor, expertos que da una charla sobre un tema, es una fuente más de contenido, de aprendizaje, muy válida en muchos casos. Y para los que nos gusta que nos cuenten cosas que aprender, escuchar temas nuevos u otras maneras de decirlo, es también un verdadero lujo.  Pero ya no es la única fuente. Y, en muchos casos, ni siquiera es la más adecuada.

Por eso cada vez hay más plataformas que automatizan el proceso de obtener la información, de aprender desde el ordenador, al ritmo y profundidad de cada uno. Desde Google a los cursos P2P y lo que queda. Como dice Fernando de la Rosa en esta entrevista para #DataFuture de El País Retina, “en breve será el smartphone quien nos diga qué tenemos que aprender”.

Pero para el día a día, además de contenidos, necesitamos actitud. 

Y esta no se enseña, sino que se educa. Para educar y ser educados necesitamos que nos hagan de espejo, precisamos un sitio donde reflejarnos.

Hace falta que nos preparen para contestar a nuestras propias preguntas. Y, sobretodo, que nos muestren cómo preguntar.

Porque, como dice Jeff Jarvis en su libro “Y Google, ¿cómo lo haría?”, a Google hay que saberle preguntar. Es decir, debes conocer qué necesitas aprender, tienes que saber qué quieres preguntar.

Hace falta curiosidad para poner interrogantes y hace falta dudar para plantear incógnitas. Tener cuantas más preguntas mejor, porque cuestionar implica ir con la mente abierta y con el pensamiento crítico.

Y eso se aprende lejos del ordenador. Se aprende mirando a los ojos, se aprende interactuando en directo, piel con piel. Las preguntas surgen cuando aplicamos el pensamiento crítico, cuando dudamos, cuando comparamos diferentes puntos de vista, cuando ejercitamos la empatía e intentamos mirar desde otro ángulo.

Sólo cuando tengamos todas las preguntas, sólo entonces, necesitaremos saber dónde están las respuestas. 

Algunas de ellas estarán dentro nuestro y necesitaremos que alguien nos acompañe. Otras estarán fuera, y necesitaremos alguien que nos guíe. Y muchas otras, no las hallaremos. Pero nos dará igual, porque entenderemos que el camino de búsqueda era, en realidad, el verdadero objetivo.

Hace falta alguien que nos diga dónde mirar, aunque no nos indique qué ver.

Alguien que aplique el Small Data de Martin Lindstrom para detectar esos detalles imperceptibles a primera vista, esos procesos ya incorporados, los conocimientos que, por tácticos, uno mismo no los sabe ver (como dice El Principito, “lo importante es invisible a los ojos”).

De eso va la educación. De guiar, de desafiar y retar más allá de cualquier algoritmo, de confiar independientemente de lo que digan las previsiones y estadísticas, de empatizar y enseñar a conectar, de poner una red invisible por si hay caída, de dar la mano para ayudar a levantar, de corear vítores cuando va bien, de callar incluso cuando sabes que hablando acortarías el camino, de contestar con nuevas preguntas, de ayudar a replantear todo lo aprendido.

Y eso no se puede automatizar. Porque es demasiado personal e intransferible. Demasiado del día a día, de pequeños momentos. Va de emoción, de sensación, de propósito.

Educar es, sobretodo, de corazón y tripa. Enseñar es de cerebro.