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Innovación Educativa

Innovación educativa, ¿para quién?

La educación interesa

Esta semana, imagino que como muchos de vosotros, pasé unos cuantos ratos en EnglihtED, el espacio que el South Summit tenía destinado a la innovación educativa en el entorno digital. El viernes, lleno completo porque teníamos a conferenciantes de la talla de Ken Robinson, Ferran Adriá, Kiran Bir Sethi (de Design For Change) o David Calle.

El resto de días, la zona seguía siendo de las más visitadas, lo que demuestra que la innovación en educación interesa a la empresa. Al sector tecnológico, porque falta talento 4.0. A los emprendedores, porque muchos sienten que han aprendido sobre la marcha, pero nadie les había preparado para la proactividad y resiliencia que requiere emprender. Y al sector educativo, cada vez más, le interesa lo que ocurre ahí fuera, lo que quieren las empresas (aunque tal vez esto se nota, sobretodo -y sólo un poco-, a nivel universitario).

Pero siento que, cuando terminan las conferencias y volvemos al mundo real, ahí sigue habiendo una especie de muro entre el mundo educativo y la empresa, con una puertecita por la que se hacen ciertos intercambios de información, algunas cesiones en forma de pequeños parches para ir acercando posturas: asignatura de emprendimiento, asignatura de robótica, programas de las empresas para fomentar alguna de estas áreas en la escuela, apps para aprender matemáticas…

Sobretodo en las primeras etapas de la educación, hace falta pensar para qué queremos cambiar. Porque sino, tenderemos a adaptar el entorno escolar única y exclusivamente al entorno laboral. Si no hacemos un cambio 360º, el cambio se quedará en enfocar la educación a lo que demandan las empresas, los perfiles técnicos que necesitan, las habilidades que hacen falta en el entorno empresarial. Y estaremos pasando del formato escuela pensado para las fábricas (formato lineal que crea trabajadores “adiestrados” y homogéneos) a un formato pensado para las empresas tecnológicas (con el mismo formato lineal, aunque cambiemos libreta por tablet).

¿Es eso lo que queremos?

Propongo salir de la empresa.

Creo que hay que ir más allá; no limitarse a lo que necesita la empresa. Analizar lo que el mundo -y no sólo las empresas- necesitan. Porque aunque es cierto que gran parte del verdadero poder de cambio viene de las empresas, estas están compuestas por personas. Por lo que cuanto más enriquezcamos al individuo, no sólo como trabajador, sino como ciudadano y también como consumidor, mejores serán las empresas.

Y hace falta que todos, desde nuestros diferentes roles, subamos algún peldaño en la escalera de niveles de conciencia hacia el entorno: no va de gustar más, vender más, ganar más, crecer más. No va de competir entre nosotros, sino de colaborar para poder seguir aquí. Suena drástico, pero con una población que se ha triplicado en los últimos 50 años, la realidad exige que colaboremos para, por un lado, poder convivir juntos y, por otro, poder seguir aquí. 

 

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Foto de Future Architecture Platform

El futuro necesita un cambio de actitud.

Y esto empieza en la escuela y es transversal: no se enseña en una asignatura ni en 3 charlas que nos den de fuera.

El mundo necesita ciudadanos empáticos, que sepan escuchar y entender. Y esto implica perder el miedo a preguntar y perder el miedo a no saber: por parte de los alumnos pero también de los profesores. Buscar todos los puntos de vista y encontrar un punto común desde donde exponer las diferencias. Aprender a ponerse en los zapatos de otro pero entender que no implica quedarse con el calzado. Empatizar no es pensar como el otro, sino entender cómo piensa. 

El mundo necesita ciudadanos que sepan colaborar para crecer, para enriquecerse mútuamente. Porque trabajar en equipo no es estar físicamente juntos, ni trabajar los 4 sobre lo mismo para presentar un único resultado. Ni siquiera repartirse el trabajo (como en una cadena de montaje, por cierto).  El trabajo conjunto implica trabajar de forma multidisciplinar, con diferentes habilidades en un mismo equipo. Lo que conlleva diferentes conocimientos pero también diferentes puntos de vista y formas a veces dispares de ver una misma realidad. Por eso, exige saber explicar un punto de vista propio y, por parte del otro, saber escuchar.  Requiere conversar, consensuar, renunciar a una idea propia en beneficio de las ideas del grupo.

El mundo necesita ciudadanos que sepan encontrar soluciones nuevas a problemas viejos y que sepan enfrentarse a problemas nuevos. Es decir, que sepan aceptar el cambio, lo inesperado. Y para eso es necesario el pensamiento divergente, aprender a mirar desde todos los ángulos, no tener miedo a volver a empezar, a analizar desde la humildad de no conocer. Exige altas dosis de creatividad, que nada tiene que ver con pintar y dibujar, sino con encontrar diferentes caminos para llegar a un resultado inesperado. E implica entrenarse en equivocarse y volver a empezar, volver a proponer. 

El mundo necesita ciudadanos que no clasifiquen por generaciones, razas, nacionalidades ni ninguna otra clasificación que lleve a homogeneizar y perder detalles. Esto exige romper los muros que edifica el miedo y aportar mucha empatía. Porque cuando conoces, cuando defines y detallas, te das cuenta de que al clasificar, se pierde la riqueza de cada uno. Y está muy vinculado con el saber trabajar en equipo, porque la multidisciplinareidad se enriquece cuanto más heterogéneo en cultura y opinión sea el equipo. Y choca de frente con el reparto por edades y la evaluación con criterios uniformes. 

El mundo necesita ciudadanos proactivos, que actúen cuando detecten una necesidad que pueden resolver. No vale esconderse en casa, pensar que “ya lo hará otro”, vivir en la individualidad de cuidar sólo la parcela propia. Hace falta entender que compartimos una única parcela donde cada uno aporta su know-how, su granito de arena. Equipo, de nuevo; sumado a la curiosidad para llevar los ojos bien abiertos para poder ver y detectar carencias y necesidades. Empatía, otra vez, para entender qué es lo que hace falta. Creatividad, también, para saber cómo resolverlo. 

El mundo necesita ciudadanos con pensamiento crítico, que no den nada por sentado ni crean en una única verdad. Asimilar, relacionar e incorporar información al elenco de datos que configuran una realidad que debería ser lo más amplia posible.  Hay que tener voz propia, opinión creada y, sobretodo, opinión abierta para ampliarla, modificarla y defenderla según el momento. Que siempre hay que comparar ángulos de visión, pero también entender que no porque uno mire, ve. Y es que la opinión, cuando está fundamentada con conocimiento, es más defendible. Por eso, hay que leer mucho, leer de todo y saber discernir entre información, opinión, medias verdades y mentiras descaradas. 

Las personas primero: no hay plan B.

Si queremos innovar en educación, empecemos por trabajar en la persona por encima del expertise. A partir de aquí, construyamos curriculos, añadamos habilidades más técnicas, más concretas. Inculquemos los conocimientos que hará que sepan materializar y aportar esas ideas o soluciones a las necesidades detectadas. Profesionalicemos para que desde las empresas se ofrezcan productos y servicios innovadores, que aporten soluciones a problemas reales. Eduquemos para crear grandes profesionales que sean grandes personas. 

Pero si nos limitamos a lo que la empresa necesita sin tener en cuenta lo que el planeta pide a gritos, volveremos al formato fábrica, en que moldeamos a los estudiantes en función de la salida laboral. El matiz está en que lo que se fabrica hoy en día no son piezas inertes, sino máquinas que piensan; que pensarán como les digamos que lo hagan.

La gran diferencia está en que como emprendedores o empresas nos enfocaremos en seguir creciendo, pero como ciudadanos que habitamos un mismo planeta, el foco está en no seguir cayendo.